sábado, 5 de noviembre de 2011

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Lo mejor hubiese sido dejarlo para ayer.
El sol amaneció y, antes de haberse ocultado, un millón de sensaciones le habían asaltado. Era extraño, hacía tiempo que no tenia una necesidad tan tajante de algo de calor. Será que el tiempo le hizo pensar, pero no su tiempo, si no el de esa persona con la que compartía una gran afinidad en muchos aspectos. Tantas cosas en común compartían como evidentes diferencias intentaban en ocasiones separalas. El caso es que ese día que ya llevaba siendo esperado algún tiempo (aunque no demasiado tampoco) y que pintaba de color de rosa, tornó su color a granate, que no negro. Durante esas tres lunas de espera, advirtió, no había recibido ni una sola llamada de aquella que solía atormentarla con tres charlas diarias. ¿Qué estaba pasando? Fue por esta observación por lo que esa tarde de lluvia necesitaba urgentemente una taza de chocolate con churros en la cocina de su casa, de su casa de verdad. Fue un déjà vu  de un momento de su infancia, estaba segura. Sin embargo se dio cuenta de que esa tarde había cambiado tal situación por la compañía de otra persona que desde hacia ya varios meses, le dejaba sin aliento. El tiempo pasa, y por fin su espejo y polo opuesto lo había aceptado. Con todos estos pensamientos rondando su cabeza y mezclándose con los puñales que también parecían cruzar dentro de ella, comenzó a prepararse. Al menos le había hecho ilusión su regalo, pensó. No había cosa en el mundo que más le gustase que ilusionar a la gente que de verdad quería, y esto a la vez le emocionaba, aunque ella no fuese por definición una chica sensible. Cuando terminó, cogió todo y salió por la puerta, no sin que antes y sin tenerlo planeado, la idea de cambiar su rumbo y tomar un bus hacia la estación se le pasase por la cabeza. Al fin y al cabo las afinidades ganaban a las diferencias y cómo no, la quería. Y no poco.

B.